
La era del yo por Daniel Beltré López
Daniel Beltré López
Nunca antes la humanidad había experimentado un auge tan desbordante del principio de la libido, del principio del placer.
Asistimos a la era del deleite, de la voluptuosidad, de la más sórdida concupiscencia.
Somos súbditos del más descarnado individualismo. Probablemente, hoy, el sustantivo “yo” sea la palabra de mayor uso en lengua castellana.
Vivimos en una sociedad afectada severamente por el síndrome del número uno; una sociedad en la que todos queremos ser los primeros, y a veces lo logramos... sin que eso sea suficiente. Hemos llegado a ser seres insaciables, forjados en la fragua repugnante del egocentrismo.
En un mundo predominantemente monoteísta —consciente de que el Olimpo pertenece a la mitología—, asombra la multitud que desea ser Dios.
Pocos aguardan el tiempo de echar raíces. Solo se procura alcanzar la meta que, una vez lograda, se abandona sin haber explorado siquiera la pequeña cartografía de lo recibido.
De inmediato, emerge una nueva contienda —en procura de otros laureles— donde el mérito vale menos que una cirigaña.
La vida misma parece signada por egoísmos irrefrenables, por el desconocimiento de los sentimientos ajenos, por ese afán ineludible de oírse a uno mismo. Como si nos entregáramos a un proceso que, por torpe, termina embruteciendo.
La amenaza mayor es perder la capacidad de reencuentro con la conciencia, ahora diluida en un mundo que no solo hace añicos el control social, sino también toda clave para una verdadera comunicación.
La creencia dominante es que la humanidad se desvela —y queda obligada a desvelarse— aguardando la soflama del orate: sus inapelables instrucciones, las noticias más insulsas de ese universo prohijado por una subcultura hedonista y fantoche.
Para colmo, esas absurdeces se fortalecen a la par que se profundiza la crisis de la lengua. Porque, cuando una sociedad comienza a descomponerse —me repito—, lo primero que se pudre es el lenguaje.
La palabra, que alguna vez constituyó el mayor honor del ser humano —como dejara entrever Thomas Mann en un tangencial ejercicio sobre el triunfo del humanismo—, termina convertida en materia prima del estropicio.
Los signos del desmadre y sus onomatopeyas ganan cada vez más terreno en la comunicación, mientras se desacredita la palabra como salvaguarda del entendimiento.
Estas torceduras se apilan en complicidad con los poderes públicos y fácticos, palancas recurrentes de la autoadoración. En ese escenario, la cordura suele entrar en crisis, sin que sus clamores por auxilio reciban atención alguna frente a la vorágine de los deseos.
El “yo” se mueve ágil, mientras colapsan la solidaridad y la idea del bien común.
Estos escenarios —que podrían ofrecerse túrbidos como centinas— trituran desvergonzadamente todo talento, porque siempre será más fácil manipular cenizas que encender llamas.
Ojalá no terminemos convirtiéndonos en una sociedad que lo quiere todo; una sociedad anodina, extraña al principio realidad.
El temor sugiere el riesgo que supondría, que algún tunante anunciara la entrega de un bálsamo creador de superhéroes, y que el día fijado para la ocurrencia, la República se amontone en interminables filas de prospectos que de antemano se han armado de capas y antifaces.
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